
Elliot bajó los ojos, surcando la viva llama que salía del interior de su amada. Ella lo amaba, con tanta fuerza, que podría matar en nombre de Elliot. Asesinar al Dios que le ofrecía: el ser mujer, amor, criatura dividida, escindida en toda su naturaleza y redimida por esta fuerza, tan oscura, gigantesca, bella, totalizante, pero al mismo tiempo, incomprensible. Tan incomprensible pero constante en la gran comedia de la vida humana.
Entonces Elliot divisó en las profundas pupilas una explosión. La gran ola amenazaba con tragarlo por completo, envolverlo y sacudirlo en el torrente sanguíneo, hecho de agua y fuego. Equilibrando los elementos que permanecen en el corazón del mar, en el interior del sol.
El viento era agradable y susurraba dejos de la febril existencia, así la tarde prometía una noche cálida para mirar los cielos y desaparecer con ellos.
D.Rodríguez.




